Día Mundial de la Alimentación: Crisis en un mundo que produce de sobra
- Adrián Brizuela
- 25 oct 2024
- 3 Min. de lectura
El 16 de octubre se conmemoró el Día Mundial de la Alimentación, una fecha en la que la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), y distintos organismos internacionales vuelven a poner en el centro del debate el derecho básico a la alimentación. Este año, la FAO lo hizo bajo el lema “Cambiar el futuro de la migración. Invertir en seguridad alimentaria y desarrollo rural”. El mensaje no es casual ni pasajero: se trata de una respuesta a la crisis alimentaria global que afecta a millones y que, lejos de resolverse, sigue acentuándose.
La realidad no necesita adornos: en un planeta que produce alimentos suficientes para toda su población, más de 700 millones de personas siguen sin tener qué comer. La cifra, repetida cada año, desnuda una paradoja. Los sistemas agroalimentarios del mundo no fallan en capacidad, fallan en distribución. Los problemas que mantienen a casi mil millones de personas en el hambre y la malnutrición no se deben a falta de recursos, sino a una estructura económica que distribuye en función de la ganancia, no de la necesidad.
Las cifras son claras: los países enfrentan pérdidas de alimentos de hasta un tercio de la producción total, mientras que casi 2.800 millones de personas no pueden permitirse una dieta saludable. El problema no es nuevo, pero la falta de soluciones concretas demuestra el peso de intereses que frenan los cambios. El sistema económico es tanto causa como consecuencia de este desequilibrio, y en él los pobres, los vulnerables y los campesinos quedan a la deriva.
La crisis alimentaria no es una cuestión aislada ni accidental. Es el resultado de un sistema que ha permitido la concentración de la riqueza y el abandono de amplias poblaciones a la suerte de desastres climáticos, conflictos y crisis económicas. En estas circunstancias, la migración se convierte en una consecuencia inevitable. Familias, agricultores y comunidades enteras son empujados a abandonar sus tierras, no solo por la falta de alimentos, sino porque esas tierras se han vuelto inhabitables o improductivas bajo la presión del cambio climático y la explotación económica.
La FAO ha insistido en que transformar los sistemas alimentarios es una de las soluciones más efectivas. Pero el cambio implica tocar intereses fuertes: quienes controlan la distribución, los recursos y las políticas agrícolas. Para que el derecho a la alimentación deje de ser una promesa sin cumplir, los estados deben asumir un rol que va más allá de la asistencia. Necesitan garantizar que los alimentos lleguen a todos y no solo a quienes pueden pagar por ellos.
El panorama actual no es alentador. Las proyecciones indican que la demanda de alimentos aumentará un 60% para 2050, y las soluciones no llegan al ritmo necesario. Mientras tanto, la brecha en la seguridad alimentaria se amplía, los costos de los alimentos saludables superan el alcance de la mayoría y el cambio climático convierte a los sistemas agroalimentarios en escenarios frágiles. Los más perjudicados por esta inestabilidad no son quienes especulan con los precios, sino los hogares agrícolas y las poblaciones vulnerables que, en última instancia, no logran asegurar su propio sustento.
La celebración de este Día Mundial de la Alimentación debería ser más que una efeméride; es un recordatorio incómodo para una humanidad que aún no garantiza sus derechos básicos. La FAO plantea una inversión en seguridad alimentaria y desarrollo rural como respuesta a esta crisis. El mensaje es claro: o se transforman los sistemas que sostienen la alimentación mundial, o la crisis alimentaria continuará como la consecuencia inevitable de un sistema que necesita ajustes urgentes.
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